Hoy, justamente hace un año, el Comandante Fidel Castro, hacía unas reflexiones que se han hecho realidad. Calificó de un acto monstruoso la idea de convertir alimentos en productos energéticos, lo que viabilizaría la irracionalidad de una civilización que ataca al medio ambiente y a las condiciones que posibilitan la vida en la Tierra.
Hace un mes, el director del Banco Mundial, Robert Zoellick, advirtió que en 33 países hay riesgos de disturbios sociales por la carestía de alimentos.
Dominique Strauss-Kahn, director del Fondo Monetario Internacional, nos recuerda que “la historia está llena de guerras que comenzaron por problemas de este tipo”.
Marx, hace un siglo, decía que la energía es concebida como una mercancía más. Esto no ocurre debido a la perversidad o insensibilidad de este o aquel capitalista individual, sino que es consecuencia de la lógica del proceso de acumulación, que tiende a la incesante «mercantilización» de todos los componentes, materiales y simbólicos, de la vida social.
Hoy, hablamos de disturbios en decenas de países, por no poder alimentar a sus hijos. Hablamos que 2.000 millones de personas pasan hambre, y que para que los países ricos puedan limpiar su conciencia y contaminar menos de lo que ya lo hacen, transformamos comida en gasolina; transformamos el sufrimiento de personas en un objeto de consumo.
Y aquí, en Europa, en España, en Granollers, también estamos notando la crisis, pero de otra manera mucho menos dolorosa, menos visible. Notamos que el pan, la leche, la carne, han subido de precio, y que cuando vamos a poner gasolina, está hoy un céntimo más cara que ayer, pero más barata que mañana. Vemos por la tele o en la prensa artículos que hablan de ello, pero pasamos a la sección de deportes y solucionamos (momentáneamente) el problema. ¡Cuantos problemas se ahorrarían los políticos si cada día jugara el Barça – Madrid!
Desde Granollers, desde España, desde Europa, estamos colaborando en un genocidio silencioso para nuestros ojos y oídos. No escuchamos los llantos de un niño con hambre, los gritos de rabia de unos padres que ven a sus hijos morir, pues eso pasa a muchos kilómetros de distancia de casa, y si no veo las noticias, no leo la prensa, no escucho la radio, … no soy responsable.
Castro, hace un año nos hablaba de esto y lo tomaban por loco. Hoy, este camarada octogenario sigue defendiendo que la transformación de los alimentos en productos energéticos constituye un acto monstruoso.
Y tú, ¿Qué opinas?
Os invito a leer a Fidel Castro



