ELENA HAZA
- Apumak es una asociación juvenil que reparte desayunos a personas sin hogar en Madrid.
- «Se autodenominan invisibles y nuestra labor es hacerles visibles», afirma Paula Sánchez, al frente del voluntariado.
El número de personas sin hogar aumenta en la capital, en diciembre de 2016 había 2.059 -frente a las 1.905 de 2014-, según el último recuento elaborado por el Ayuntamiento de Madrid.
Detrás de esas cifras hay personas, seres humanos. Están ahí afuera, les vemos aunque a veces actuemos como si fueran invisibles, como si no existieran.
Pisamos las mismas aceras, pero al parecer nosotros llevamos demasiada prisa como para detenernos, saludarlos y, por su puesto, conversar con ellos.
Rutas solidarias
Es domingo por la mañana, hace algunas semanas empezó la primavera, pero los transeúntes aún deben ir bien abrigados. Salimos del metro de Sol y nos cruzamos con algunos valientes que todavía no han pisado la cama, vuelven de fiesta.
Son las nueve y media y este punto neurálgico de la capital está inusualmente vacío. La mayoría sigue durmiendo. Normal, pensaréis. Los domingos por la mañana son para descansar, para acabar tareas pendientes, ver a amigos y familiares o quedarse en casa. El caso de los voluntarios de Apumak es diferente, su despertador ha sonado temprano.
Mochilas llenas de bollos, bocadillos, termos con café, leche, azúcar, comida para perros, ropa de abrigo, cucharillas, vasos de plástico, servilletas, una sonrisa y la energía que aporta pensar que se pueden mejorar las cosas. Eso llevan encima los voluntarios de Apumak, que como cada domingo han madrugado para comenzar un recorrido de desayunos solidarios que pasa por lugares como Sol, Gran Vía u Ópera y llega a quienes necesitan ser escuchados.
Actúan en el distrito centro, donde hay un mayor número de personas durmiendo en la calle. «Parece que cuando alguien llega a este punto pierde la condición de persona y todo lo que de ello deriva, como sus derechos o deberes. Nosotros tratamos de recordarles todo esto, estamos con ellos, les animamos y nos convertimos en sus redes de apoyo«, dice Paula Sánchez, una estudiante de Trabajo Social que está al frente de Apumak.
No van siempre las mismas personas, hay días en los que tan solo cuentan con tres voluntarios y otros en los que llegan a los 17. Se organizan a través de un grupo de Whatsapp en el que avisan de quiénes acudirán cada semana y escriben los alimentos que necesitan y los que cada uno llevará de su propia casa.
«Necesito zapatos, últimamente no me traen»
Caminando por Gran Vía tropezamos con los carteles de Luis. «Soy invisible para la sociedad, ¿tú me ves o eres invisible como yo? Ayúdame», reza uno de ellos. A pesar de la crudeza de sus mensajes, cuenta que algunas personas llegan a reírse.
Se encuentra en la entrada de una iglesia y se alegra de ver a los voluntarios de Apumak, que le preguntan qué tal el día y cómo quiere el café. «Con dos cucharadas de azúcar, por favor», dice.
Este hombre de expresión risueña se describe como lector habitual del periódico. Habla de temas de actualidad, de la situación política en Cataluña o de las manifestaciones que llenan las calles del centro de gente. «Necesito zapatos, últimamente no me traen. Calzo un 47, cuando tenía dinero me costaba encontrar zapatos, imagínate ahora», lamenta.
«No podemos ir a un albergue porque no dejan entrar a los perros»
Continuamos nuestra ruta y nos topamos con Juan, un hombre al que acompañan dos fieles amigos de cuatro patas. «Tiene tres años, los mismos que yo llevo en la calle«, cuenta señalando a uno de los canes.
Este extremeño asegura, mientras bebe café y acepta algunos bollos, que su prioridad son los perros y que si pudiese ahorrar algo de dinero le gustaría marcharse de Madrid.
«Cuando llueve nos refugiamos donde sea, no podemos ir a un albergue porque no dejan entrar a los perros«, cuenta. Los animales son tranquilos y cariñosos, buscan caricias de todos los voluntarios. «Los tengo vacunados, los llevo al veterinario y los bañan, no es un veterinario gratuito pero es barato», dice.
Toda una vida en la calle
En la acera de enfrente, cerca de la boca de metro de Gran Vía y de uno de los más populares edificios de la zona encontramos a José Ramón, del barrio vallecano de Santa Eugenia.
«He dormido fatal esta noche, a las tres de la mañana estaban a botellazos. Hay mucho lío con las discotecas, hay peleas y la policía ha tenido que venir varias veces», asegura. Tiene 43 años y lleva desde los 14 viviendo en la calle, acepta el desayuno y tiene ganas de charlar.
«Me dedico a la chatarra y gano para comer y ya está. Vengo los domingos a pedir porque no puedo ir a chatarrear», afirma.
José Ramón ha sufrido muchos robos, especialmente mientras duerme. «No te puedes fiar de nadie, te roban comida y te roban de todo», dice.
Jóvenes sin techo
De pie, junto a la entrada de una gran tienda de ropa nos recibe Marcos. Su juventud llama la atención, tiene tan solo 33 años, es gallego y ha llegado hace un mes a Madrid.
Prefiere que no le fotografiemos y no acepta nada más que un zumo, asegura que hace poco que ha comido. «En Galicia tenía un bar y lo tuve que cerrar, quedé con alguna deuda. Vine a Madrid con amigos a buscar trabajo«, relata.
Aunque no representen la mayoría, casos como el de Marcos no son meras anécdotas. El 16,4% de las personas sin hogar en Madrid tienen entre 30 y 39 años y el 7,8% entre 20 y 29. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), alertaba de que la pobreza laboral de los jóvenes españoles -aquellos que trabajan pero no obtienen ingresos suficientes como para tener una vida digna- se sitúa cerca del 20%.
«La gente necesita vivir, se vive si tienes un poco de dinero»
A pesar de que la mayoría de las personas que duermen en la calle son hombres, también hay mujeres. Hablamos con Ana y Sara -quienes piden que no las fotografiemos ni mencionemos sus verdaderos nombres-.
La primera apenas entiende español, se comunica a a través de señas con los voluntarios, que le ofrecen desayuno y ropa de abrigo. La segunda, habla de manera animada sobre sus hijos. «La gente necesita vivir, se vive si tienes un poco de dinero», asegura.
Ambas agradecen la comida, la segunda con palabras, la primera con una tímida sonrisa.
Rutas en bicicleta y charlas en colegios
En el año 2016, los centros de alojamiento atendieron a un mayor número de personas sin techo. Sin embargo, los servicios de comidas se redujeron, así como las ayudas para la inserción social. La cantidad de centros que ofrecían desayunos, comidas, cenas, bocadillos o bebidas calientes disminuyó un 19,9%, y los servicios diarios de este tipo sufrieron un descenso del 20,1%, según los datos publicados en la última Encuesta sobre centros y servicios de atención a personas sin hogar, difundida por el Instituto Nacional de Estadística (INE).
Desde Apumak luchan por cambiar esa realidad, son capaces de conectar a sus jóvenes voluntarios con vivencias menos afortunadas. «Los desayunos solidarios son una mera excusa para acercarnos y hablar con ellos, hacerles ver que sí hay gente que se preocupa«, sostiene Sánchez. Derrumban así esa barrera que nos aleja de algunos de nuestros conciudadanos, dando visibilidad a una problemática a la que se debe hacer frente.
Ahora piensan en futuros proyectos. «Mosquitos van a ser rutas similares a las de los domingos a pie, pero serán los sábados en bicicleta y ampliando un poco las zonas de impacto. Además, nos encantaría dar charlas en colegios y llegar a más personas, también tenemos muchos eventos pensados para la recaudación de fondos, como un torneo de rugby o un concierto solidario», cuenta Sánchez.
Más allá de iniciativas como la suya, desde Apumak reivindican mayores ayudas para que esas personas puedan reintegrarse, encontrar trabajo y empezar de cero. Debemos verles, no mirar a otro lado. La pobreza tiene cara y nombre, son personas a las que hay que empoderar, recordarles su dignidad y darles herramientas para que cambien su futuro.










