Su obsesión, el acoso y derribo de Zapatero.

Hace un año y unos días del asesinato, perpetrado por la banda terrorista ETA, de dos guardias civiles, Carlos Sáenz de Tejada, de 28 años, y Diego Salva, de 27, en la localidad mallorquina de Calvià. Los cuerpos y fuerzas de la Seguridad del Estado han conseguido –con la decisiva colaboración de la gendarmería francesa- que el número de muertos a manos de los etarras haya ido descendiendo, sin apenas pausa, en los últimos tiempos.

El Ministerio del Interior -con Alfredo Pérez Rubalcaba a la cabeza- se ha convertido en un eficaz bastión frente al cual acostumbran a estrellarse los reiterados intentos de los terroristas. Aunque siempre conviene, acerca de estas cosas, cruzar los dedos por si acaso, parece rigurosamente cierto que los criminales se encuentran cada vez más diezmados.

Peligrosos todavía
Pero también es cierto que los autocalificados salvadores de la patria vasca siguen siendo muy peligrosos todavía. Si no matan –como afirma con frecuencia Rubalcaba-, no es porque no quieran hacerlo, sino porque no pueden. Parece, por consiguiente, que no es ni una exageración ni un espejismo asegurar que empieza a otearse, incluso con algunas dificultades objetivas, el final de un túnel espantoso y siniestro.

Lógico y razonable
Llegados a esta situación, resulta lógico y, por supuesto, razonable, que desde Interior se vayan adoptando –con el visto bueno del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero- una serie de medidas y de rastreos, orientado todo ello a consolidar y afianzar al máximo posible el fin de la violencia por parte de ETA. Esto pertenece, sin la más mínima duda, al capítulo de la sensatez y la prudencia. Y, sin embargo, el cuidadoso movimiento de fichas, instado desde Interior, ha vuelto a generar el malestar en el seno de la derecha.

Un tipo degenerado
El PP está quebrantando –una vez más y como nos tiene acostumbrados- su compromiso de apoyar la política antiterrorista del Gobierno. Su actitud no sorprende, pero resulta de nuevo intolerable. ¿Pero quiénes son estos inquisidores vigilantes, políticos y periodistas, permanentemente entregados a la causa de demostrar que Zapatero es un imbécil o, lo que sería mucho peor aún, un tipo degenerado que se dedica a coquetear con los asesinos, a sacarlos con suma amabilidad de las cárceles y a zaherir como un monstruo a las víctimas de ETA, a sus familiares y a sus amigos?

Ni más ni menos
Estamos hastiados de escuchar todo género de oprobios dirigidos contra Zapatero y contra cuantos –millones de ciudadanos- entendemos que el presidente y su ministro del Interior están cumpliendo de forma adecuada e inteligente con su deber. Ni más ni menos. Mientras tanto, estos manipuladores profesionales lo que pretenden de verdad es proclamar el fracaso de Zapatero y, de este modo, continuar abriéndole la puerta de la Moncloa a Mariano Rajoy. Sólo saben decir “no” y quejarse por todo. Su obsesión es el acoso y derribo de Zapatero. Dan literalmente asco.

*Enric Sopena es director de El Plural