Mariano Rajoy parece haber encontrado por fin a su auténtico mirlo blanco. Ni Gallardón, ni Aguirre, ni Camps, ni Barberá. Se llama Ramón Luís Valcárcel y es el presidente del Gobierno autonómico de Murcia. Rajoy lo ha designado presidente del Congreso del PP, donde el cada vez más cuestionado líder conservador aspira a encontrar el bálsamo que cure sus numerosas heridas. La magna convención popular se celebrará el mes de junio en la ciudad de Valencia y el nombramiento de Valcárcel ha sido interpretado como un gesto de significativo reconocimiento hacia él por parte de Rajoy.
El presidente del PP confirmó el pasado jueves la impresión más generalizada de que Valcárcel ha pasado a ser una estrella ascendente en el firmamento genovés. Su discurso de presentación del político murciano -en un almuerzo-coloquio organizado por Foro de la Nueva Economía- dio la sensación de que se trataba de un panegírico y, a la vez, de un mensaje destinado a frenar en seco las persistentes conspiraciones de Aguirre y sus mariachis mediáticos. Y es que el 61 por ciento largo de votos –cifra obtenida por el PP murciano- es, desde luego, extraordinario.
Pero las alabanzas de Rajoy dedicadas a Valcárcel me trajeron a la memoria las de José María Aznar sobre Gabriel Cañellas, invencible presidente –lo fue durante muchos años- del Gobierno autonómico balear. Este personaje era un protegido de Abel Matutes, considerado en las Islas como el cacique de Ibiza y casi del resto de las Baleares. Aznar en un viaje a Mallorca, siendo todavía líder de la oposición, cubrió de loas –en rueda de prensa- a Cañellas, hasta el extremo de poner al Gobierno balear como ejemplo o referente del Gobierno que él mismo pensaba presidir en España. O sea –y salvadas todas las distancias-, algo parecido a la actitud actual de Rajoy respecto a Valcárcel.
Sucedió que Cañellas acabó siendo condenado por corrupción –caso Sóller y también caso Calvià- y tuvo que retirarse a petición del mismísimo Aznar, quien optó por sacrificar al presidente balear antes de que ciertos ecos de otros tenebrosos episodios, como el del alcalde de Burgos o el asunto Zamora se lo llevaran también a él por delante. La teoría demagógica de Aznar, según la cual el PSOE era sinónimo de corrupción, mientras que el PP era todo lo contrario, estuvo a punto de dañar gravemente al líder popular, poco más tarde presidente del Gobierno.
No afirmo que Valcárcel esté pringado ni en una sola de las numerosas operaciones irregulares que afectan judicialmente a no pocos militantes del PP murciano; algunos de ellos, altos cargos de su Gobierno. Y otros, alcaldes de pueblos o localidades importantes de esa región. El último, el más reciente, el de Torre Pacheco, Daniel García Madrid. No es ninguna exageración subrayar que Murcia, lamentablemente, se ha transformado de algún modo en una especie de nueva Marbella. En el máximo esplendor del fallecido Jesús Gil y Gil, la mayoría más que absoluta, resplandeciente, la acostumbraba a conseguir el que en aquella época –tan cercana- regentaba el Ayuntamiento de Marbella.
Cuesta comprender cómo Rajoy se lanza, con tanta frivolidad, a canonizar políticamente al presidente de una Comunidad como la murciana que se halla, guste o no, instalado a la sombra de la sospecha. Aznar cuando vio la tostada, o la ensaimada envenenada, fue el primero en su partido en exigir que Cañellas dimitiera. Aznar tenía, al menos, cintura. Se salvó él de la quema in extremis. Rajoy ha asistido impávido a la sucesión de escándalos presuntamente delictivos acontecidos, sobre todo, en Murcia, Comunidad Valenciana y, también con Jaume Matas, en las Baleares.
Podríamos añadir la Comunidad de Madrid, entre otros enclaves de España, y acertaríamos. Todo esto ha sucedido o está sucediendo en tiempo real. Y Rajoy permanece impasible. Se encoge de hombros, cierra los ojos o mira hacia otro lado. Ni siquiera es capaz de recordar la corrupción de Cañellas. Ni de querer ver la que le afecta en estos tiempos al PP. De Castellón a Murcia. Como mínimo.
*Enric Sopena director de El Plural



