Prácticamente todos los inmigrantes huyen de sus países de origen buscando un lugar al sol del desarrollo económico y del bienestar social. Son fugitivos -que se juegan a menudo la vida- intentando escapar del hambre y de la miseria. Como lo fueron muchos de los españoles que se iban a hacer las Américas en el siglo XIX y también en el XX. Algunos regresaron ricos y entonces les llamaban con admiración indianos. Otros arraigaron allí y prosperaron. No pocos se quedaron por el camino.
En los años sesenta y setenta los españoles de clase baja y escasos recursos se encaminaban más bien a Alemania y a otros países europeos. En la actualidad, los inmigrantes -de diferentes y distantes lugares del mundo- acuden como pueden a España y, por supuesto, al resto de naciones más poderosas; aquellas que les pueden ofrecer múltiples oportunidades.
Pero el destino de los inmigrantes se transforma para muchos de ellos en un verdadero vía crucis. Son ciudadanos -en el mejor de los supuestos de segunda- considerados por una parte de la sociedad como presuntos delincuentes. Sólo están bien vistos –y aun relativamente- los que vienen con contrato de trabajo o tienen la suerte de acceder a él. Desde luego, algunos, una minoría, delinquen aisladamente y otros pocos están integrados en mafias enormemente peligrosas.
Frente a la realidad inmigratoria, la reacción de la Unión Europea y de todos, o casi todos, los Estados que la componen es de temor creciente. Se trata de una reacción a la defensiva. Es como si estuviéramos siendo víctimas de una agresión colectiva o de una invasión imparable y devastadora. Antes, los invasores enviaban por delante a sus ejércitos para que fueran abriendo camino. Estos invasores de ahora -que se multiplican a gran velocidad- forman por sí mismo un ejército sin armas, que se cuela de mil maneras, y al que es muy difícil frenar o derrotar.
En la Europa que continúa siendo floreciente -construida sobre el liberalismo y la socialdemocracia- el fantasma de la inmigración se ha convertido en uno de los principales enemigos a batir. Y más todavía cuando se tiene la impresión de que nos ha llegado de nuevo el tiempo de las vacas flacas. Suenan las alarmas y resuena por doquier el grito de que la única receta posible es la mano dura.
Los pobres, a lo largo de la historia, siempre se han llevado la peor parte a la hora de repartir el pastel. Hoy en día los pobres -antaño “los parias de la tierra” o “la famélica legión”- son fundamentalmente los inmigrantes. O tienen los papeles en regla y un puesto de trabajo o son irregulares. Son culpables. Hay que impedir que entren. Y, si entran, hay que echarlos. Hay que detenerlos, iniciar los trámites burocráticos para su expulsión o repatriación y, mientras, meterlos en los Centros de Internamiento de Extranjeros, que es un sinónimo edulcorado de la palabra prisión.
Hasta ahora en España el período de detención se limitaba a 40 días. Parece que con 40 días no es posible culminar el proceso administrativo para que salgan de nuestras fronteras. El Gobierno propone que sean 60 días. En la UE, los Sarkozy, Berlusconi, etc. exigen disponer hasta de 18 meses. Soledad Gallego, en El País de ayer precisaba: “Y por lo menos hay que reconocer que el portavoz del PP europeo, el alemán Manfred Webber, tiene el buen gusto de no disfrazar las cosas: ‘Los centros de internamiento son instrumentos para presionar psicológicamente a los detenidos: O te vas o te meto en la cárcel’ ”
La letra gubernamental respecto a la inmigración sólo ha cambiado ligeramente desde el día 9 de marzo. Sin embargo, la música comienza a ser distinta, cada vez suena más distinta. “La novedad (…) es que la izquierda, muerta de miedo ante el indudable efecto que todo lo relacionado con la inmigración tiene en su propio electorado, ha empezado a descubrir el mismo guión [el guión del PP]”, apostilla Gallego. Resulta hasta comprensible. Pero sería tremendo que en cuestiones tan básicas como la inmigración la derecha española acabara imponiendo su pensamiento único. Que tradicionalmente es el del palo y tente tieso. Cuidado, Zapatero.
*Enric Sopena director de El Plural



