María San Gil, víctima, o El Mundo al revés.

Aseguraba el editorial de El Mundo de ayer que a María San Gil –la santita de los ultramontanos- le están haciendo “luz de gas”, “con el fin de que la víctima se sienta culpable”. ¿Víctima San Gil? ¡Qué infinita capacidad la de ciertos periodistas -especializados desde hace mucho tiempo en conspiraciones varias- para darle la vuelta a los argumentos! Habrá que subrayar una vez más que este Mundo es, con frecuencia, y de forma deliberada el mundo al revés.

La ponencia política para el Congreso de Valencia, en cuanto a los nacionalismos periféricos, recoge la doctrina más radical del PP y no tiene apenas nada que se parezca a renovación o cambio. Si no estuviera abierta la guerra interna en la derecha –cuyo objetivo no es otro que derribar a Rajoy y liquidar a los moderados [muchos de ellos conversos de última hora, empezando por el líder]-, San Gil habría convocado una rueda de prensa para resaltar, con suma alegría, que la tesis triunfante supone un nuevo éxito de la ortodoxia pepera.

Consejos exteriores
Pero esto –y contra determinadas apariencias- no era la cuestión de fondo del debate. Si San Gil hubiera aplaudido lo que ella misma había fabricado, a pesar de algunos matices distintos de sus compañeros de ponencia, Rajoy habría salido más fuerte del embate. Alguien le debió de decir a la presidenta del PP vasco que se equivocaba. Que incluso así, con la ponencia a favor, tenía que presentar batalla a Rajoy, puesto que él era el destinado a ser –no ella- la víctima del encontronazo.

Desconfianza
Es por ello que la heroína de la españolidad en Euskadi –espoleada sin duda por su maestro y padrino, Jaime Mayor Oreja- acabó sacándose de la manga el conejo de la desconfianza. San Gil había conseguido una ponencia coincidente con su discurso de brocha gorda y demagogia a granel, pero –según ha venido manifestando estos días- el episodio le había producido desconfianza sobre todo hacia Rajoy y también hacia los colaboradores más cercanos del aún jefe.

Un documento medido
El editorial aludido está milimétricamente diseñado a la medida de San Gil, cuyo palmarés como presidenta del PP en Euskadi constituye, por cierto, un fracaso reiterado en términos electorales. Dicho de otro modo: ese editorial se ajusta a la medida de la estrategia de los amotinados contra la actual dirección popular. Al haber sido elevada a los altares de la mitología conservadora, el efecto San Gil puede ser decisivo hasta el extremo de precipitar la caída de Rajoy. Los conspiradores que intentan conquistar Génova 13 intuyen la gran importancia del suceso.

La nueva conspiración
Isabel San Sebastián, ardorosa paladina de no pocas de las patrañas de su admirado Mayor Oreja y la propia María San Gil –por no alargar la lista-, se mofa en el periódico mencionado de esta conspiración: “Ahora resulta que todo esto forma parte de una conspiración universal urdida no se sabe si por Esperanza Aguirre, Aznar, El Mundo, la COPE o alguna sociedad secreta de la derecha extrema, con el fin de impedir el noble empeño de Rajoy de llevar a su formación hacia ese centro bendito fuera del cual todo es tiniebla”.

Sí la hay…
Lo malo para San Sebastián es que cuanto motiva su ácida ironía es cierto. Fuera de lo que ella denomina con sorna “centro bendito”, ¿qué hay si no tiniebla? Cuatro años de derechona instalada en la caverna ratifican que las luces no son precisamente favoritas de los conservadores de este país. La conspiración no es “universal”, pero sí está dirigida o codirigida desde el mundo mundial. La participación en la conjura de la COPE se comprueba cada día. Los insultos copelianos contra Rajoy corroboran el aserto.

La derecha que quiere volver
Lo de Aguirre es público y notorio desde hace mucho tiempo. Lo de Aznar se refleja con nitidez a través del cristal de Botella. Y, por último, la derecha sociológica extrema -secreta o no- reza con insistencia a todos lossantos del santoral reaccionario para implorar que el felón Rajoy se vaya a su casa y regresen al puente de mando genovés los derechistas buenos, con Aguirre, San Gil, Mayor Oreja y Acebes a la cabeza, mientras miles y miles de banderas españolas se despliegan al viento y suena solemne el himno nacional. En fin, todo aquello que predicaba Rajoy hasta hace bien poco.

*Enric Sopena director de El Plural