¿Pero qué mal ha hecho Miguel Ángel Moratinos, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de España, pisando suelo gibraltareño? A juzgar por la reacción de la derechona, Moratinos habría cometido un delito de lesa patria. Los fundamentalistas o integristas del españolismo más rancio -que son muchos- andan de nuevo muy enojados estos días por lo que consideran una nueva traición del Ejecutivo que preside José Luís Rodríguez Zapatero a las esencias de la nación española. Entre esas esencias, se encuentra el Peñón irredento.
Gibraltar es para los cancerberos de la ortodoxia nacional una herida profunda que se remonta a trescientos años atrás y que continúa sin restañar. Es también un zarpazo en el corazón de todos los españoles de bien. Pero en lugar de exhibir el rencor contra los malvados ingleses -que nos robaron nada menos que un trocito de España- el Gobierno actual tomó la decisión, en 2004, de buscar más las coincidencias y los intereses comunes que de alimentar los enfrentamientos, por otra parte estériles.
Inquina ridícula
Toda la inquina que ha emergido, con notable fiereza, otra vez desde las plataformas mediáticas afines al PP, no deja de ser, sobre todo, ridícula. ¿Supone un atentado a la unidad de España que funcione una línea aérea entre Madrid y Gibraltar, lo que se consiguió gracias al Gobierno Zapatero? ¿Tienen presente los guardianes del españolismo excluyente y belicoso que la mayoría de los ciudadanos de Gibraltar se sienten básicamente gibraltareños y asimismo británicos?
Un puñado de fanáticos
La reivindicación de Gibraltar sólo la activa un puñado de fanáticos. Pero el Peñón sigue siendo, de hecho, una comida de coco que contribuye a fortalecer el patriotismo de charanga y pandereta, al tiempo que algunos sacan pecho de latón y otros se emocionan y hasta lloran por el Gibraltar perdido. En resumen, sirve este asunto para excitar las bajas pasiones y hacer una política sustentada en la demagogia. Ayuda a mantener una cierta cohesión en el ámbito conservador y multiplica la ira contra un Gobierno que se deja humillar, que no vibra defendiendo España y que no merece el respeto de los patriotas.
Discuirso peligroso y falso
Es un discurso, el de la derecha, tan peligroso a la larga como falso. No transmite ni argumentos, ni razones, ni matices, sino que se recrea en el maniqueísmo. Da lo mismo que la mini cumbre de Gibraltar haya sido un paso adelante para la cooperación entre el Gobierno de España, el británico y el gibraltareño. Da lo mismo que siempre acabe ofreciendo mejores frutos el diálogo que las afrentas entre unos y otros.
Imbecilidad mayúscula
Para los neocon genoveses, la Alianza de las Civilizaciones es una imbecilidad mayúscula y una forma de suministrar armas al enemigo. Idéntico pecado es el del Foro de Diálogo en torno a Gibraltar. Más viril, más admirable, más acorde con el macizo de la raza fue, por ejemplo, la reconquista del islote de Perejil. Se trató al fin y al cabo de una pantochada para regocijo de José María Aznar y Federico Trillo.
“Pequeña isla estúpida”
Terminó sin sangre, aunque para humillaciones la que tuvo que sufrir Aznar obedeciendo las órdenes del secretario de Estado de la época, Collin Powell, quien trató de evitar –felizmente con éxito- que se pudiera desatarse una guerra entre Madrid y Rabat. Powell llegó a calificar Perejil de “pequeña isla estúpida”. Aznar más tarde condecoró a los militares de Perejil. Aquel día Aznar se sintió más español que nunca. Pues eso; algunos aún hoy levitan al grito de “Gibraltar español”.
*Enric Sopena es director de El Plural y colaborador del GIRONA NOTICIES



