¿Qué sentido tiene que Mariano Rajoy, quien se presenta formalmente –ante el Congreso de Valencia- para ser ratificado como presidente del Partido Popular y, por consiguiente, como candidato a la Presidencia del Gobierno, continúe obteniendo una valoración entre sus propios votantes muy por debajo de la de Alberto Ruiz Gallardón?
El peor estigma que arrastra Rajoy es el de perdedor. Su capacidad para ejercer políticamente de pastelero es en cambio notoria y hasta excelente. Según el diccionario de la Real Academia Española, el vocablo pastelero -en lenguaje coloquial- se define del siguiente modo: “Persona acomodadiza en demasía, que elude las decisiones vigorosas”.
Respuesta brevísima
¿Y la palabra acomodadizo? Respuesta brevísima: “Que a todo se aviene fácilmente”. Rajoy es maestro en el arte de avenirse a esto o aquello en función de las circunstancias y de su provecho. Durante el cuatrienio 2004-2008, Rajoy capitaneó una derecha radicalizada, subida con frecuencia al monte, siempre dispuesta al insulto o a la descalificación barriobajera, rehén de predicadores radiofónicos mendaces y de gurús del populismo con aroma prefascista.
El oportunismo
No le funcionó el invento y quedó derrotado por segunda vez. Para sobrevivir en la política, Rajoy se refugió de inmediato en el oportunismo y, en pocas horas, pasó a ser líder de la moderación y del centrismo. En buena parte es verdad cuanto afirman sus críticos en relación a la modificación del rumbo. Repásese la relación de todos aquellos que con alguna dimensión pública están -desde el interior del convento popular- que trinan contra Rajoy.
Con talento y habilidad
La mayoría de los que se dedicaron convulsivamente a la agitación antigubernamental –desde la tribuna política, religiosa y mediática- vociferan en la actualidad contra Rajoy. Se sienten escarnecidos, engañados y traicionados. La operación llevada a cabo por él es de nota. Su revolución la ha hecho -con cierto talento y bastante habilidad- desde arriba.
La tradición
En primer lugar, porque así es la tradición de la derecha española, siempre tendente a la sacralización del “ordeno y mando”. Y en segundo lugar, porque si hubiera abierto el corralito popular a unas primarias o, al menos, a facilitar un Congreso abierto y democrático, los ultramontanos habrían triunfado, simplemente porque son más y más activos.
Vencida en toda regla
En los tres meses largos que van desde la noche del 9 de marzo hasta hoy, Rajoy ha descabalgado a los tiburones y, sobre todo a la tiburona mayor del Reino, Esperanza Aguirre, que se creía la reina de los mares y que se va a quedar al final compuesta y sin novio. Aguirre -salvo que sobrevengan prodigios de carácter sobrenatural, por lo demás escasamente verosímiles- ha sido vencida en toda regla. El general victorioso –con la ayuda de Rajoy- ha sido Gallardón, reforzado todavía más gracias al veredicto judicial contra Federico Jiménez Losantos.
¿Hasta cuándo?
Y aquí se otea la batalla final, a dos años vista más o menos, de esta historia. ¿Podrá Rajoy deshacerse de su leyenda –más bien cierta- de perdedor? Ganará el Congreso. ¿Pero ganará también las elecciones de Euskadi, Galicia y las europeas? Si lo lograra, adiós Gallardón. Si no, Rajoy tendría que abrir definitivamente las puertas a Gallardón. Quedan, por supuesto, otros muchos interrogantes sin dilucidar. ¿Hasta cuándo -y hasta cuánto- aguantarán los enemigos acérrimos del marianismo, la entronización del nuevo régimen genovés?
*Enric Sopena es director de El Plural



