Tras la victoria rotunda del pasado 9 de marzo, sucede que no sólo el PSOE no ha conseguido despegar del PP en estos cuatro meses últimos, sino que aquel triunfo se ha ido achicando hasta transformarse en un empate, como certifica el sacrosanto –ma non troppo- barómetro del CIS. Téngase en cuenta, además, que los socialistas no han sido capaces de beneficiarse de la severa crisis interna que ha golpeado a la derecha. Esa crisis –provocada para descabalgar a Rajoy- se ha ido difuminando a partir del Congreso de Valencia
Tanto se ha atenuado, el mal rollo entre peperos –incluso Esperanza Aguirre guarda silencio cual si fuera una humilde y discreta monja de clausura- que, según sólidos indicios, Mariano Rajoy y su flamante nuevo equipo han logrado generar confianza hasta entre segmentos de la ciudadanía que votaron a José Luís Rodríguez Zapatero. La operación cosmética a la que se ha sometido Rajoy está dando fruto. Al menos, por ahora.
Nunca fue tan fácil
Vamos, que el jefe de la crispación durante cuatro años ha logrado proyectar con cierto éxito una imagen de moderación y centrismo. Nunca fue tan fácil embaucar a parte del personal ni nunca una conversión fue tan súbita. Ni nunca, probablemente, un converso logró que se extendiera la amnesia en determinados sectores de la ciudadanía.
“Esto es lo que hay”
Pero como dijera Rajoy, en plena batalla para mantenerse a flote, “esto es lo que hay”. Y lo que hay no favorece en absoluto a Zapatero. El viraje del líder del PP ha sido una jugada si no maestra, meritoria. Pero es preciso puntualizar que tal jugada ha sido potenciada por la otra crisis, que es la crisis económica. Sin esta circunstancia, costaría entender el batacazo socialista. El disfraz de centrista lo lleva Rajoy con pulcritud formal, aunque no daría para tanto si no fuera por las convulsiones y angustias que se han instalado en la sociedad española en torno a los problemas económicos y los temores añadidos.
Áridos conflictos
Zapatero tuvo que gestionar muy áridos conflictos y debió luchar contra la deslealtad monumental de una oposición, como la del PP, empeñada en cargarse al Gobierno por la vía del todo vale, incluida la política antiterrorista. Sin embargo, los indicadores económicos fueron por lo general muy estimulantes y le proporcionaron una enorme sensación de tranquilidad, incrementada por la sabia experiencia de Pedro Solbes. La buena marcha de la economía y las medidas de carácter social, indispensables por lo demás para todo Gobierno socialdemócrata, progresista o de izquierdas, con voluntad de coherencia, blindaron a Zapatero ante el sistemático acoso y derribo extremista del PP.
Situación cambiante
Con una economía internacional enferma de gravedad, la situación ha cambiado. Exigir a Zapatero que haga milagros –que ninguno de sus colegas ha podido hacer hasta el día de la fecha- es lógico, aunque demagógico. Aquellos que sostienen que España está pagando un precio mayor que el de los demás países porque la crisis aquí es más devastadora a causa de los errores del Gobierno no hacen más que propagar falsedades, que es un ejercicio que la derecha borda con primor y con gran aplauso mediático.
Con la más fea
Pero Zapatero debe demostrar que se crece, como presidente del Gobierno de España que es, ante la adversidad. Le ha tocado ahora bailar con la más fea y todo el mundo está pendiente de qué va a hacer él. Es casi seguro que, antes de las elecciones de 2012, la pesadilla de la crisis se habrá evaporado. Pero, mientras tanto, ha de buscar una fórmula que contribuya a consolidarlo y lo refuerce adecuadamente. Carece de sentido que un impostor –en orden al centrismo-, como es Rajoy, le esté pisando los talones. No deja de ser un sarcasmo lo que está ocurriendo.
Ruidos y sonido
El ganador, con significativa ventaja, de las elecciones ha de tapar algunas grietas y pronto. No puede ser que en el Congreso de los Diputados se quede con harta frecuencia en solitario. Ha de llegar a los presupuestos generales del Estado con la imagen potente de quien tiene aliados y no de quien se queda a menudo corto. Ha de cerrar sin más dilaciones el frente catalán buscando una salida que sea airosa para las dos partes. ¿Difícil? Sí, pero salida necesaria. Y convendría también que su mensaje no se perdiera –como acontece a veces- por ruidos que impiden que el sonido llegue con nitidez a los ciudadanos. Política de comunicación se llama a eso, pero no sólo.
*Enric Sopena es director de El Plural



