De Perejil al 11-M, pasando por la guerra de Irak.

Ha vuelto José María Aznar al escenario en el que se encuentra más a gusto. El del conflicto, la polémica y la bronca para ciscarse de este modo en el Gobierno Zapatero, presentándolo como inane y entregado de hecho a Marruecos. Su intervención fue patética, aunque la hayan jaleado los palmeros mediáticos de la derechona. Los dioses, además, le han hecho una mala jugada.

Aznar, activo y embustero apóstol de la invasión militar con destino a Bagdad, se paseaba el otro día por Melilla -cual si fuera un superman de pacotilla o de hojalata-, mientras el presidente de EEUU, Barack Obama, retiraba las tropas de combate que envió a Irak su predecesor, George W. Bush. Proclamaba entonces Aznar, hace siete años, que iban los ejércitos aliados a salvar al pueblo iraquí y lo único que hicieron los uniformados fue sembrar el terror y la muerte.

Chulo de playa
Andaba, pues, por las calles de Melilla -sacando pecho de vulgar chulo de playa- el ex jefe de la derecha española, cuando se enteró de que la aventura de aquella guerra odiosa se había acabado. Hacía mucho tiempo ya que Washington había tenido que asumir su colosal fracaso. Pero Aznar ni siquiera ha pedido, durante todos estos años, perdón a los ciudadanos españoles y a los desgraciados iraquíes por haber contribuido a una nueva barbarie bélica.

Al Qaeda
Regresaban las tropas norteamericanas y Al Qaeda celebró el viernes la efemérides, matando cerca de sesenta soldados y reclutas iraquíes en un centro de reclutamiento en Bagdad. Fue un atentado suicida. “Uno de los héroes del Estado islámico (…) armado con un chaleco de explosivos, atentó contra un rebaño de infieles y otros apóstatas que vendieron su religión por poco dinero”, precisaba un comunicado difundido por la rama de Al Qaeda en Irak. Aznar no abrió desde Melilla la boca al respecto. Lo de Al Qaeda, por cierto, fue una de las numerosas mentiras que repitieron hasta la sociedad los halcones de las Azores. Aznar era uno de ellos.

¿Maestro de gobernabilidad?
Aznar, cada dos por tres, se atreve -sin complejos y sin vergüenza- a desacreditar a José Luis Rodríguez Zapatero. Da lecciones constantes de gobernabilidad, como demostró de nuevo en Melilla. El pregonero de una guerra malvada hasta extremos canallescos -que se convirtió en un agorero de embustes y falsedades gravísimas- carece de legitimidad para erigirse en maestro de la ética política. Cuantos, en el PP, lo siguen venerando -que son la inmensa mayoría de militantes y votantes conservadores- no hacen más que confirmar que este partido representa a la derecha extrema.

¿Partido de centro?
Aznar empezó con el numerito del islote de Perejil, continuó abogando por la conquista de Irak y finalizó mintiendo sobre la autoría del 11-M para, como fuere, ganar en las urnas. Se vanagloriaba diciendo que el PP era un partido de centro y lo transformó en un partido integrista y neocon. Con Mariano Rajoy haciendo de palanganero. Ni uno ni el otro son de fiar ni siquiera en lo más mínimo.

*Enric Sopena es director de El Plural Y colaborador del GIRONA NOTICIES.