Criticar a la lideresa, “mal negocio”.

A la militante centrista, María Cristina Castro, que pretendía implantar la “democracia interna” en el PP y que osó anunciar que se presentaría como candidata alternativa a Mariano Rajoy en el Congreso de junio, la han insultado y hasta amenazado. Públicamente, la puso a caldo en la COPE –entre vituperios y mofas- don Federico.

El resto de las diatribas y las perfidias contra Castro han sido anónimas. La cuadrilla de la porra ha funcionado con eficacia. Esta derecha de palo y tentetieso reacciona así contra sus adversarios y también contra sus disidentes o contra quienes tilda de disidentes o herejes.

La entronización de Rajoy no será esta vez a dedo. Pero será fruto de una pantomima democrática. Lo que le ha sucedido a Castro es un aviso para navegantes. ¿Democracia interna? No, gracias. El episodio proyecta con exactitud el estilo vertical –de arriba abajo- de la derecha. ¿Cómo se le ocurre a una afiliada de base introducirse –intentarlo como mínimo- en el sanedrín de los mandamases?

El PP no consigue quitarse el polvo de la dehesa ultramontana. Ni una sola voz de entre los jerarcas populares se ha oído en defensa de Castro, siquiera para decir cuatro tópicos acerca de las bondades del pluralismo y de la participación de todos en un proyecto común.

Y, mientras tanto, hemos asistido a la constatación de que meterse periodísticamente con Esperanza Aguirre conlleva el riesgo de ser un “mal negocio”. Lo ha dicho el mencionado don Federico advirtiendo al nuevo director de La Razón, Francisco Marahuenda, que ojito con criticar o despreciar a la lideresa.

Fue la presidenta de la Comunidad de Madrid la que llegó, días antes del 12 de octubre de 2007, a plantar cara al Rey –durante un almuerzo en La Zarzuela al que acudieron otros invitados de alto rango- con el fin de proteger a uno de los suyos. Cuando Aguirre quiere liquidar a un díscolo no se anda con chiquitas. Y, si no, que le pregunten a Germán Yanke, por ejemplo, cómo actúa Esperanza a la hora de cortar cabezas.

Este estilo tiene mucho de caciquil o -en términos sicilianos o del Chicago años veinte- algo de mafioso, aunque por supuesto no corra la sangre ni haya más crueldad que la sicológica. “Si quiere hacer un mal negocio en La Razón, que siga metiéndose con Esperanza Aguirre”, soltó Losantos en su tertulia y dirigiéndose por su nombre al ausente Marhuenda. ¿Es éste el nivel deontológico sobre la libertad de expresión que patrocina Aguirre y que vocean sus fieles?

Cercana aún está la batalla contra José Antonio Zarzalejos, ex director de ABC. Esa confrontación fue evocada ayer en la tertulia de sacristía que transmite la radio de los obispos. La batalla hizo tambalear al periódico citado y terminó con la decapitación -a pocos días de la campaña electoral del 9-M- de Zarzalejos. Este apreciado colega fue objeto, además, de una implacable persecución, envuelta en infamias y calumnias, que orquestó Losantos, el amigo de Aguirre, y que duró unos dos años.

Certera radiografía del universo pepero. Refleja la persistencia atávica que sufre la derecha española –únicamente quebrada en contadas ocasiones- de alergia a las libertades. ¡Qué débil debe de ser el tan poderoso PP cuando teme que una militante de a pie concurra a unas elecciones internas o cuando hasta Marhuenda –cuya vinculación con la derecha y más concretamente con Rajoy viene de lejos- resulta sospechoso y se le amenaza con hacer un “mal negocio” no venerando a la lideresa.

*Enric Sopena director de El Plural