Casi una semana después de las elecciones, cabe proclamar -sin exageración alguna- que la victoria del PSOE ha sido tan indiscutible como contundente. Una vez contabilizados los votos recibidos de los españoles residentes en el exterior, resulta que Zapatero derrotó a Rajoy por más de un millón de votos, muy cerca, pues, de un cuatro por ciento de diferencia entre vencedor y perdedor.
Ya puede el PP seguir haciendo prodigiosos juegos de manos, de modo que –escuchando a sus portavoces- Rajoy habría ganado o le habría faltado muy poco para ello el 9-M. Nunca nadie batió tantos records como la derecha -a criterio de sus exégetas de cabecera- y no obstante nunca nadie fue de hecho tan irreprochablemente derrotado en las urnas como lo ha sido el PP. Las derecha puede, desde luego, montar su estrategia en base a la premisa de una pseudo victoria.
Pero, si lo hace -como parece- se equivocará una vez más. El autoengaño en política no conduce más que a la frustración. Se quisieron autoengañar deliberadamente el 14-M. Se han agarrado durante cuatro años a todo género de miserables embustes, desde la teoría de la conspiración sobre el 11-M -impulsada por El Mundo y la COPE- hasta la supuesta vinculación de Zapatero con ETA. Ahora Rajoy se agarra a clavos ardiendo. Esfuerzos estériles, los suyos. El PP se halla ubicado en vía muerta. Es un tren de lujo, condenado a circular hacia ninguna parte, salvo repetir crispación e intoxicación mediática.
¿Con quién o con quiénes podría pactar el PP para hacer valer su fuerza parlamentaria hasta poner al Gobierno en fase de jaque mate? Con nadie o apenas nadie, salvo sucesos más bien inverosímiles. Al PP le quedan cuatro años más de bronca, si quiere continuar por la senda de la última legislatura, o de relativa resignación. Rajoy se ha enrocado, aunque intente sobre la marcha modificar la alineación de su equipo médico habitual. Pero llega tarde, o llega mal, que es una de sus más arraigadas costumbres.
El mérito de retirar del terreno de juego a Zaplana –el primero en caer- se le hubiera reconocido positivamente en el anterior cuatrienio. Ahora, se contempla como una decisión adoptada con retraso. Es probable que Rajoy, además, pretenda protagonizar una política de carácter digamos centrista. Pero el único centrista avalado por la opinión pública es Gallardón, por cierto, cada vez más cercano a ser el caballero de la triste figura.
Rajoy está quemado, y más aún hoy, tras conocerse los resultados del voto exterior, por mucho que él se obstine en perpetuarse. Se le escapó de las manos el triunfo en 2004 y ha sido vencido sin paliativos el pasado 9 de marzo. Se resiste como gato panza arriba y rechaza marcharse a su casa o a Santa Pola, donde ejercería su bien remunerado trabajo profesional. Mientras, su partido se ha transformado en un campo de batalla donde unos, otros -y los de más allá- pelean por la sucesión, desorientados y a merced de gurús tan arrogantes como Pedro Jota y Jiménez Losantos.
El objetivo de lavarle la cara a Aznar –quien tuvo que salir precipitadamente por la puerta de atrás de la Historia, cuando se creía el Carlos Primero de España y Quinto de Alemania del siglo XXI- le ha costado muy caro al PP. Ahora Rajoy pretende algo parecido. Intenta salir del escenario con aureola de triunfador. Personalmente, es comprensible. Políticamente, no. Por una razón: se trata de un deseo imposible. Y es que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Visto lo visto, jamás será percibido como un centrista de verdad. Como un oportunista, sí. Como un centrista, no.
*Enric Sopena director de El Plural



