El affaire de los espías de la Comunidad de Madrid -también conocido como el aguirregate- se asemeja al Guadiana. Aparece y desaparece. Y cuando da la impresión de que ha desaparecido vuelve de pronto a aparecer. Ayer, esa historia regresó a la portada de El País. Sabemos que ejercieron de espías, o en tareas de vigilancia ilícita, tres ex guardias civiles y tres ex policías nacionales.
Sabemos también que las declaraciones judiciales de los agentes apuntan a Francisco Granados, consejero de Interior y Justicia, y hombre fuerte de la lideresa, aparte de Sergio Gamón, cerebro técnico de tales actuaciones y ex director general de Seguiridad.
Ni murió el perro ni se acabó la rabia
Esperanza Aguirre –a instancias de Pedro J. Ramírez- ordenó echar el cerrojazo a la Comisión Parlamentaria de Investigación sobre este caso, pocos días después de que estallara. Y así lo hizo. La presidenta del Gobierno madrileño ha conseguido, aunque sólo sea a ráfagas, difuminar la película de los espías. Ha contribuido a ello la fuerza desbordante del caso Gürtel, cuyo interés mediático está siendo muy superior, por ahora, al de los espías. Aguirre ha procurado difuminarlo, pero no ha podido enterrarlo como hubiera sido su deseo. Ni murió, pues, el perro ni menos aún se acabó la rabia.
El otro misterio
Lo mismo le ocurre a otro misterio esperancista, el asunto Fundescam. Se trata de una Fundación existente, con sede, al parecer, en Génova 13, donde habrían aportado fuertes sumas de dinero gentes como el actual presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán y, entre otros, su cuñado, Arturo Fernández, presidente de CEIM. Tales dádivas habrían contribuido a las dos campañas electorales de Aguirre el año 2003, a raíz del tamayazo.
Espeso silencio
Aquí lo más espectacularmente negativo es el espeso silencio que rodea tanto al aguirregate como a la tan enigmática Fundación, opaca hasta extremos poco conciliables con un régimen democrático como el vigente en España. Aguirre intenta pasar de puntillas por encima de un escenario que se halla a oscuras, sin ni una sola cerilla encendida. De cara a amplios sectores de la opinión pública, hay que decir que Aguirre sí está logrando probablemente su objetivo.
Enorme bochorno
Mientras los principales protagonistas del caso Gürtel -con Mariano Rajoy capitaneando un Titanic que puede hacer aguas y hasta hundirse- siguen sujetos a la lógica presión mediática y judicial, los espías de doña Espe se esconden con cierta habilidad. En cuanto a Fundescam, debiera provocar un enorme bochorno que los ciudadanos sigamos al respecto sin luz y sin taquígrafos.
Responsabilidad última
La responsabilidad última de estos hechos presuntamente delictivos corresponde a la presidenta del Gobierno autonómico de Madrid, Aguirre. Pero el Partido Socialista de Madrid y lo mismo cabría señalar de Izquierda Unida proyectan a veces una imagen de escasa contundencia y no menos escasa eficacia a la hora de exigir transparencia y de poner contra las cuerdas a los supuestos culpables. Son conocidas las dificultades de los partidos opositores, máxime frente a un Gobierno con mayoría absoluta y con unos cuantos medios de comunicación –entre los que sobresale Telemadrid-, entregados a la causa de salvar a Aguirre a cualquier precio.
Ocasión compleja
Sin embargo, parece exigible que la izquierda madrileña multiplique sus esfuerzos y que, por otra parte, se visualicen mejor los liderazgos de ambos partidos, sobre todo el del PSM, motor de la alternativa o del cambio. La ocasión es compleja. Pero nunca, desde que Joaquín Leguina perdió la presidencia de la Comunidad, las circunstancias adversas fueron tan evidentes para el PP y tan favorables para la conjunción PSM e IU. A ver si algunos se van enterando.
*Enric Sopena es director de El Plural y colaborador de Girona Noticies



